Hoy en La Nación sale un artículo sobre la costumbre de los argentinos de mirar TV, e ilustra muy bien como es que nosotros mismos nos vemos como teleespectadores. El artículo me pareció muy bueno, así que finalmente decidí citarlo completamente! (que zarpado). Para los que somos medio vagos: ¡¡es de muy fácil lectura!!
Un contrato que nadie firmó
Por Luis Alberto Quevedo Para LA NACION
"La televisión atrapa a todos, menos a mí. Esta parece ser una convicción bastante generalizada no sólo en la Argentina, sino en casi todo el planeta. Todas las sociedades se quejan de su propia TV y consideran que se trata de un consumo negativo para los niños y adolescentes. Además, desinforma y estupidiza al ciudadano medio; provoca un daño irreparable al lenguaje; crea falsos ídolos; banaliza la política; se apodera del ocio de las personas, al tiempo que les impide el acceso a bienes culturales mucho más nobles y edificantes. "Pero esto les sucede a todos, menos a mí", dice el televidente. "Yo sé que la televisión engaña, pero no caigo en sus trampas. Sé que se trata de un infame negocio que sólo busca someter a la gente adueñándose de su tiempo libre. Pero yo sé cómo defenderme." Este sentimiento, expresado a grandes trazos, domina buena parte del sentido común sobre la TV. El razonamiento desemboca, inevitablemente, en que la televisión debería ser diferente, de mejor calidad. Pero hay algo de hipocresía en este final, porque también es cierto que el ciudadano medio quiere una televisión mejor que no está dispuesto a consumir. La buena TV debería ser sobre todo para los más vulnerables: para los niños y los jóvenes, para los que no tienen la capacidad de discernir entre la verdad y la mentira, el negocio y la cultura, la corrupción moral y los valores irrenunciables. El problema es que casi todos pensamos así. Y esa otra televisión, la ideal, esa TV edificante que programan los ciudadanos cada vez que se les pregunta por del "deber ser", es siempre para los otros. En cambio, yo, cuando regreso a mi casa luego de un día agotador, sólo quiero relajarme un poco y ver un capítulo de Los Simpson o la final de la Copa de Verano. Pero me gustaría que mis hijos, que ya casi no leen, vieran en su televisor la vida de Galileo Galilei que preparó para ellos el Discovery Channel.
* * * Uno de los vínculos más complejos de descifrar es el que establecen las personas con la TV. En ese contrato no escrito que cada uno tiene con la TV hay más concesiones que deberes: concesiones a sus contenidos, a su presencia en la casa (en la Argentina hay, como promedio, 2,5 TV por hogar), a su irrupción en los momentos de intimidad familiar, a sus caprichos de programación e incluso -si es por cable- al precio que debo pagar. ¿Y qué le exijo realmente? Le exijo que me entretenga, que me informe, que me conecte con alguna zona del mal gusto (que no siempre estoy dispuesto a confesar) y que cada tanto me sorprenda. También estoy dispuesto a darle una buena porción de mi tiempo libre y una cuota pequeña de mi atención. Hay en la TV una dialéctica de amor/odio, de repetición/novedad, de rechazo moral y goce inconfesable que es difícil de desentrañar. Lo único seguro es que todo esto no se manifiesta en la superficie de las opiniones, porque así como a la TV se la acusa por sus estrategias no confesas, nosotros, los televidentes, también ocultamos con una mirada distante nuestros deseos, pasiones, fidelidades y rechazos hacia esas historias mínimas y eso personajes bastardos que la televisión crea para nosotros desde hace más de 50 años.
El autor es sociólogo y profesor de Flacso y de la UBA.
Por Luis Alberto Quevedo Para LA NACION
"La televisión atrapa a todos, menos a mí. Esta parece ser una convicción bastante generalizada no sólo en la Argentina, sino en casi todo el planeta. Todas las sociedades se quejan de su propia TV y consideran que se trata de un consumo negativo para los niños y adolescentes. Además, desinforma y estupidiza al ciudadano medio; provoca un daño irreparable al lenguaje; crea falsos ídolos; banaliza la política; se apodera del ocio de las personas, al tiempo que les impide el acceso a bienes culturales mucho más nobles y edificantes. "Pero esto les sucede a todos, menos a mí", dice el televidente. "Yo sé que la televisión engaña, pero no caigo en sus trampas. Sé que se trata de un infame negocio que sólo busca someter a la gente adueñándose de su tiempo libre. Pero yo sé cómo defenderme." Este sentimiento, expresado a grandes trazos, domina buena parte del sentido común sobre la TV. El razonamiento desemboca, inevitablemente, en que la televisión debería ser diferente, de mejor calidad. Pero hay algo de hipocresía en este final, porque también es cierto que el ciudadano medio quiere una televisión mejor que no está dispuesto a consumir. La buena TV debería ser sobre todo para los más vulnerables: para los niños y los jóvenes, para los que no tienen la capacidad de discernir entre la verdad y la mentira, el negocio y la cultura, la corrupción moral y los valores irrenunciables. El problema es que casi todos pensamos así. Y esa otra televisión, la ideal, esa TV edificante que programan los ciudadanos cada vez que se les pregunta por del "deber ser", es siempre para los otros. En cambio, yo, cuando regreso a mi casa luego de un día agotador, sólo quiero relajarme un poco y ver un capítulo de Los Simpson o la final de la Copa de Verano. Pero me gustaría que mis hijos, que ya casi no leen, vieran en su televisor la vida de Galileo Galilei que preparó para ellos el Discovery Channel.
* * * Uno de los vínculos más complejos de descifrar es el que establecen las personas con la TV. En ese contrato no escrito que cada uno tiene con la TV hay más concesiones que deberes: concesiones a sus contenidos, a su presencia en la casa (en la Argentina hay, como promedio, 2,5 TV por hogar), a su irrupción en los momentos de intimidad familiar, a sus caprichos de programación e incluso -si es por cable- al precio que debo pagar. ¿Y qué le exijo realmente? Le exijo que me entretenga, que me informe, que me conecte con alguna zona del mal gusto (que no siempre estoy dispuesto a confesar) y que cada tanto me sorprenda. También estoy dispuesto a darle una buena porción de mi tiempo libre y una cuota pequeña de mi atención. Hay en la TV una dialéctica de amor/odio, de repetición/novedad, de rechazo moral y goce inconfesable que es difícil de desentrañar. Lo único seguro es que todo esto no se manifiesta en la superficie de las opiniones, porque así como a la TV se la acusa por sus estrategias no confesas, nosotros, los televidentes, también ocultamos con una mirada distante nuestros deseos, pasiones, fidelidades y rechazos hacia esas historias mínimas y eso personajes bastardos que la televisión crea para nosotros desde hace más de 50 años.
2 comentarios:
Hola Pablo, soy alvarhillo el del tragón volador. Si vas al final de la página del blog veras un cuadradito con una gráfica que es un hipervínculo para acceder a la página del contador que se llama, webstats4u. com. y ahí te explica como instalar tu propia cuenta.
Saludos y gracias por la visita.
no lo entendi... me distraí con gran hermano...
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